Juárez: Donde todos tienen un plan B

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En Ciudad Juárez casi nadie vive de una sola cosa.

Y no es por ambición. Es por instinto.

Aquí el sueldo rara vez alcanza solo. Por eso la ciudad funciona con dobles vidas perfectamente normales: maquila de día, Uber de noche; empleo formal entre semana, negocio informal el fin; salario en pesos, gastos en dólares; contrato fijo, ingreso extra “por fuera”.

En Juárez, tener un plan B no es señal de fracaso. Es señal de que entiendes dónde vives.

Hay quien arma lonches los domingos para venderlos el lunes. Quien repara celulares después del turno. Quien sabe soldar “nomás tantito”, pero suficiente para sacar un encargo. Quien cruza cosas pequeñas, quien revende, quien renta, quien arregla, quien conecta.

No es hustle culture de Instagram. Es supervivencia organizada.

La ciudad te enseña rápido que depender de una sola fuente de ingreso es un riesgo. Porque aquí todo puede cambiar de un mes a otro: el tipo de cambio, el turno, el contrato, la empresa, la línea de producción, el cruce, el transporte. Por eso la gente no espera estabilidad: la fabrica.

Juárez no romantiza el emprendimiento. Aquí nadie dice “soy emprendedor”. Aquí se dice: “ahí la llevo”, “me estoy acomodando”, “estoy viendo qué sale”. El lenguaje es honesto porque la realidad lo es.

Y lo interesante es que este sistema paralelo no aparece en estadísticas. No sale en informes. No se presume en discursos. Pero sostiene a la ciudad. Es el amortiguador silencioso que evita que todo colapse cuando las cosas se ponen difíciles.

El plan B también es psicológico. Saber que tienes otra opción —aunque sea pequeña— cambia cómo enfrentas el día. Te quita un poco el miedo. Te da margen. Te deja respirar.

Por eso cuando alguien llega a Juárez y pregunta “¿de qué vive la gente?”, la respuesta correcta no es una. Son dos. O tres.

Aquí nadie apuesta todo a una sola carta. Porque Juárez ya aprendió que la vida no avisa cuando cambia las reglas.

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