Andrea Chávez está haciendo algo que en Chihuahua casi nadie se atreve a ejecutar tan temprano: construirse como “inevitable”. No como aspirante. No como una carta fuerte. Como la próxima candidatura natural de Morena rumbo a 2027. Y esa estrategia, que a simple vista parece pura confianza, en realidad es una jugada de alto riesgo: cuando te vendes como inevitable, te conviertes en el blanco central. Te auditan, te atacan, te exhiben.
Porque la inevitabilidad no solo ordena a los tuyos. También le da motivo al resto para unirse contra ti.
Hoy, en Morena Chihuahua ya hay una competencia abierta —aunque algunos quieran vender lo contrario— y está concentrada entre dos polos: Andrea Chávez, senadora y figura nacional de alto perfil, y Cruz Pérez Cuéllar, alcalde de Ciudad Juárez y operador territorial con base dura en la frontera. Politico.mx Polls lo plantea así desde principios de enero: una disputa interna centrada en ambos. Y la lectura es simple: Andrea empuja narrativa, Cruz empuja territorio.
Las encuestas, como siempre, alimentan el fuego. Rubrum —según lo publicado esta semana— coloca a Andrea encabezando la interna morenista en Chihuahua. Pero C&E Research (13 de enero) cuenta una historia diferente: da a Cruz arriba por tres puntos en la pelea interna por la nominación. Con esto, el punto no es quién trae la cifra “correcta”. El punto es que hay pelea, y donde hay pelea, se abren heridas.
Y en política, las heridas se abren más rápido cuando alguien actúa como si ya hubiera ganado.
Andrea lo sabe y por eso acelera. Su narrativa está diseñada para provocar cierre anticipado: “yo soy la ruta”. El problema es que Chihuahua no es solo Morena. Es un tablero estatal donde el resto de actores ve la misma foto y se prepara: si Andrea crece, no la van a esperar sentados. La van a convertir en el objetivo más visible del 2027.
Del otro lado, el PAN también se acomoda. En el panismo, el nombre que más aparece como carta natural sigue siendo Marco Bonilla, alcalde de Chihuahua capital, que no está en modo pausa: está en modo presencia, eventos regionales, foto, territorio fuera de su ciudad. Referente.mx lo resume desde columnas: Bonilla no se pierde nada porque sabe que el 2027 se gana construyendo estado, no capital. A ese tablero se suma el senador Mario Vázquez, que aparece constantemente como figura panista activa y con aspiración latente.
Y mientras eso ocurre, el PRI está haciendo lo que le queda: empujar costo político y buscar no desaparecer. Ahí entra Alejandro Domínguez, dirigente priista estatal, detonando una pelea pública sobre alianzas y sobre el riesgo de persecución política si Morena gana Chihuahua. Eso provocó la respuesta inmediata desde el PAN: Alfredo Chávez, coordinador panista en el Congreso, soltó la frase que ya se convirtió en mensaje político: “ni ultimátums ni chantajes”. Ese pleito no solo es PAN-PRI: es el síntoma de un bloque opositor que todavía no encuentra cómo llegar unido al 2027 sin dinamitarse primero.
Y en esa misma tensión aparece otro nombre que no se puede ignorar: Tony Meléndez. No porque el PRI esté cerca de ganar Chihuahua solo, sino porque el PRI —en esta etapa— juega a ser indispensable. Tony es precisamente ese tipo de ficha: un perfil con reconocimiento, operador con base regional y, sobre todo, una carta que sirve para una cosa que en Chihuahua define elecciones: negociar. Cuando el PRI exige espacios en la alianza, no está pidiendo “cortesía”, está tratando de cobrar su peso estratégico. Y en 2027, esa factura puede llegar con nombre propio: Tony Meléndez como opción real para encabezar, equilibrar o condicionar el bloque opositor, según cómo se rompan —o se peguen— PAN y PRI.
Y en medio de ese ruido, Andrea intenta consolidarse como la figura que “ya está arriba”. Pero ese mismo movimiento activa el reflejo de supervivencia de todos los demás. Porque si Andrea se convierte en candidata inevitable, entonces para muchos actores del tablero —incluso dentro de Morena— el incentivo ya no es competir “con ideas”: el incentivo es frenarla antes de que sea tarde.
Ahí está el corazón del análisis: la inevitabilidad es una invitación a la guerra preventiva.
En Morena, además, no solo se trata de Andrea y Cruz. También están los que no se van a bajar aunque el ambiente se cierre. Juan Carlos Loera, por ejemplo, sigue apareciendo en el radar político local como alguien que no renuncia a la gubernatura. Y cuando tienes varios aspirantes en el mismo espacio, el choque inevitable se vuelve de dos niveles: el público (donde todos sonríen) y el interno (donde se filtra todo).
Y ahí viene el riesgo que casi nadie está diciendo: si Andrea sigue creciendo como “inevitable”, el sistema completo se va a comportar como se comporta siempre con quien se vuelve demasiado grande demasiado rápido: la van a revisar con lupa. Vida pública, redes, equipo, recursos, estilo, narrativa, alianzas. No importa si hay algo o no lo hay. La lupa existe porque el crecimiento lo exige.
La frontera lo vuelve más complejo todavía. Porque Ciudad Juárez no es solo un municipio: es el músculo electoral más grande y el termómetro emocional del estado. Una candidatura puede verse imparable en la capital mediática, pero si no se vuelve creíble en Juárez —en tierra, con operación, con narrativa local— se convierte en un globo. Por eso Cruz no es un rival cualquiera: es el recordatorio de que Chihuahua se gana con estado, pero se pierde si te falla Juárez.
Y mientras la conversación se llena de porcentajes, hay un dato más importante que cualquier encuesta: el 2027 en Chihuahua va a ser una elección de desgaste, de seguridad y de confianza. En ese tipo de elecciones, la figura que se presenta como inevitable es la primera que paga el costo completo del escrutinio. Porque el mensaje “yo ya gané” es útil para ordenar, pero también es perfecto para que te quieran tumbar.
Andrea Chávez hoy crece, sí. Pero lo más relevante no es si encabeza una interna o si la disputa está cerrada. Lo relevante es que su crecimiento está produciendo una reacción natural del sistema político de Chihuahua: convertirla en el objetivo preferido. Y cuando eso pasa, la pregunta deja de ser “¿va a ganar?” y se vuelve más dura: ¿aguanta el golpe de ser la inevitabilidad?
En Chihuahua, nadie es inevitable. Hasta que sobrevive la guerra preventiva.
