Chihuahua no es prioridad electoral para Claudia

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El poder que Claudia está ordenando

La discusión pública sigue atrapada en una idea simple: que Claudia Sheinbaum necesita que Morena gane todo para consolidar su gobierno. La realidad es más compleja y, sobre todo, más incómoda. Lo que hoy está haciendo la presidenta no es expandir el poder territorial sin límites, sino ordenar quién manda dentro de Morena antes de que el partido se convierta en un archipiélago de feudos.

Las señales están ahí y no son sutiles. En semanas recientes, Morena entró en una fase clara de reacomodo interno: operadores históricos cambian de rol, liderazgos legislativos se reposicionan y la discusión sobre reglas electorales dejó de ser un tema técnico para convertirse en una disputa política central. No es casualidad. Quien controla las reglas y la estructura, controla las candidaturas. Y quien controla las candidaturas, controla el futuro del partido.

El movimiento más elocuente fue el desplazamiento de Adán Augusto López Hernández de la coordinación del Senado hacia tareas partidistas. No es un retiro ni una sanción. Es un reposicionamiento. La presidencia necesita operadores donde se ganan elecciones, no solo donde se administran mayorías legislativas. Al mismo tiempo, la fricción abierta con el bloque de Ricardo Monreal dejó claro que Morena ya no puede funcionar con liderazgos autónomos compitiendo entre sí sin consecuencias.

A esto se suma el debate de la reforma electoral. Más allá del contenido, lo relevante es la reacción: resistencias internas, tensiones con aliados y una narrativa que ya cruzó fronteras sobre concentración de poder. En ese contexto, ganar todos los estados no sería una victoria, sería una señal de riesgo. Hacia afuera y hacia adentro.

Y ahí entra Chihuahua.

Desde el centro, Chihuahua no se ve como una elección local más. Se ve como frontera, como relación con Estados Unidos, como estabilidad industrial y como prueba de federalismo funcional. Forzar una victoria de Morena en el estado, sin control absoluto de quién la capitaliza, no suma gobernabilidad. Suma problemas.

La clave está en qué Morena podría ganar Chihuahua. No es lo mismo una candidatura alineada al centro que una candidatura que fortalezca a un grupo interno con agenda propia. Y hoy Morena tiene esos grupos. Unos vienen del Senado, otros del aparato partidista, otros del territorio. Algunos le responden a la presidencia. Otros no.

En Chihuahua eso se traduce en un dilema real. Por un lado está Andrea Chávez, leída en columnas nacionales como cercana a un bloque interno con peso propio. Independientemente de si esa lectura es exacta o exagerada, lo cierto es que representa una corriente, no solo una aspiración local. Del otro lado está Cruz Pérez Cuéllar, un político territorial, pragmático, sin padrinazgo nacional explícito y con control real en Ciudad Juárez. Cruz no es ideólogo ni operador del centro. Es alguien que gana elecciones sin deberle el triunfo a una facción.

Para una presidencia que busca ordenar a Morena, ese tipo de perfil es doble filo. Funciona porque gana. Incomoda porque no es controlable por diseño.

En ese escenario, mantener a Chihuahua fuera del control directo de Morena no es una derrota estratégica. Es una forma de evitar que un grupo interno se fortalezca demasiado. También es una manera de sostener el discurso internacional de contrapesos y federalismo, justo cuando la atención externa está puesta en México por reformas, nearshoring y relación con Estados Unidos.

Por eso la relación con Maru Campos importa. No porque sea aliada, sino porque es institucional, negociable y predecible. Para el centro, un gobierno estatal opositor que coopera es menos riesgoso que un gobierno propio capturado por una facción interna que después dispute poder nacional.

La conclusión incomoda a todos los bandos: Claudia Sheinbaum no necesita ganar Chihuahua para gobernar México. Necesita evitar que Morena se le fracture desde dentro. Y en ese cálculo, perder un estado puede ser la forma más eficiente de no perder el control del partido.

La elección de 2027, vista desde Palacio Nacional, no se trata solo de mapas pintados de un color. Se trata de quién manda cuando se gana. Y hoy, para Morena, el problema no es la oposición. El problema es su propio tamaño.

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