El 2027 en Chihuahua ya tiene un vicio: todo mundo anda cazando el “quién va arriba” como si eso resolviera la elección. Morena primero, PAN segundo, el PRI tratando de sobrevivir, y listo. Pero ahí está el error: la elección no se va a definir por el puntero en enero de 2026. Se va a definir por el segmento que nadie quiere mirar porque no es cómodo, no es militante y no responde a consignas: el voto volátil.
Una medición estatal reciente de GobernArte muestra a Morena con 36.5%, al PAN con 17.6%, al PRI con 10.5% y a MC con 4.3%, pero el dato que cambia todo no es el liderazgo, es el margen: 14% de indecisos. Ese 14% no es un número anecdótico. En elecciones reales es el espacio donde se decide el resultado, porque ese votante no se mueve por disciplina partidista sino por percepción de rumbo, credibilidad y, sobre todo, por una pregunta simple: “¿a quién le creo hoy?”
Chihuahua ya ha visto esta película. Cuando hay competencia, lo que define no es solo la maquinaria, sino el cierre y el ánimo social. En 2021 la gubernatura se ganó por margen y por contexto: desgaste, polarización, operación y una narrativa de “cambio de rumbo” que se volvió más fuerte que la pura marca partidista. Esa lección sigue vigente: en campañas competidas, el elector que decide tarde vale oro. El que se mueve en la última fase, el que no se siente representado por nadie, el que vota más por rechazo o por expectativa que por militancia.
Por eso la obsesión con el puntero es una trampa para todos. Para Morena, porque creer que ya ganó baja intensidad y abre grietas internas justo cuando debería cerrar filas. Esa misma encuesta enseña algo que muchos quieren minimizar: dentro de Morena la sucesión no está planchada. En preferencia interna, Cruz Pérez Cuéllar aparece arriba con 36.5%y Andrea Chávez con 30.3%, o sea, no hay coronación automática, hay disputa. Y cuando hay disputa, el riesgo no es perder por falta de votos, sino desgastarse por fuego amigo, filtraciones y choques de grupos que se creen dueños del proyecto.
Ese choque no es teoría. Ya lo estamos viendo en el ambiente político: declaraciones cruzadas, columnas incendiarias, lecturas de “presión” y el inicio de la gran pelea por quién manda en 2027. Chihuahua entró temprano a la fase de posicionamientos y mensajes de fuerza, y eso tiene consecuencias: se contamina la conversación pública, se polarizan las bases y se empuja a los indecisos a un lugar más cómodo para ellos: el hartazgo.
Para el PAN la lectura es más dura. Tener presencia en la capital no significa dominar el estado, y menos significa dominar Ciudad Juárez. El reto panista no es solo tener nombre competitivo, es construir una campaña estatal sin oler a “proyecto de la capital”. Porque Chihuahua no es un solo electorado, son varios estados dentro del mismo estado: la capital, la frontera, el corredor industrial, las regiones medias y la sierra. Y ese mapa no se conquista con un solo discurso.
El otro problema es que el PAN tiene que cargar con el desgaste natural de gobernar. Aun cuando retenga estructura y votos duros, siempre hay un porcentaje que se convierte en voto volátil por la simple acumulación del poder: decisiones impopulares, enojo por seguridad, expectativas no cumplidas, pleitos internos, señalamientos mediáticos. El gobierno siempre paga costo. La pregunta es si ese costo lo administra o lo ignora.
Y ahí entra lo que está pasando hoy, que es más importante de lo que parece: el ruido público entre PAN y PRI. En los últimos días se ventiló una disputa abierta por la alianza, con mensajes que se interpretan como presión política y respuestas del PAN rechazando “chantajes” y “ultimátums”. Ese episodio no solo afecta a los partidos involucrados, afecta la percepción del ciudadano. Porque cuando la conversación se centra en amenazas, alianzas, supervivencia o “quién pierde más”, el votante indeciso escucha lo que menos quiere escuchar: que la política está concentrada en protegerse a sí misma y no en resolverle la vida a la gente.
Ese es el punto de quiebre. Los indecisos no se enamoran de una coalición. Los indecisos se van cuando huelen pacto. Y en Chihuahua, y especialmente en Ciudad Juárez, ese olfato es rápido.
Juárez merece un capítulo aparte porque ahí el indeciso vale doble. La frontera no vota como el centro. Juárez tiene otras urgencias, otros ritmos y una relación distinta con el poder. Hay barrios donde la seguridad define el ánimo electoral. Hay zonas donde el empleo, la maquila, los cruces y la migración pesan más que cualquier discurso institucional. Y hay algo que en Juárez se castiga con especial facilidad: la simulación. Si una alianza se ve como arreglo de cúpula, Juárez la castiga. Si un candidato se ve distante, Juárez lo castiga. Si un partido parece estar más preocupado por sobrevivir que por gobernar, Juárez lo castiga.
Por eso el 14% de indecisos no es una estadística neutra. Es un mapa emocional. Es el segmento que decide en función de la conversación del momento, de los acontecimientos recientes, de la crisis de seguridad, de un escándalo, de una mala semana, de un error en campaña o de una fractura que se haga pública. El indeciso es el que cambia el resultado cuando los partidos creen que todo está controlado.
Y aquí viene lo más importante: el 2027 no será una campaña de militantes, será una campaña de margen. Los partidos que solo sepan hablarle a su base van a descubrir tarde que la base no alcanza. La elección se va a decidir por quién conquiste el tramo más difícil, el que no aplaude, el que no va a mítines, el que no se pelea en redes, el que no presume camiseta. El que solo quiere saber quién puede darle estabilidad.
Ese es el elector que nadie quiere leer en la encuesta. Porque no es cómodo. Porque no es controlable. Porque obliga a los políticos a hacer algo que no les gusta: dejar de hablarse entre ellos y empezar a hablarle a la gente.
El verdadero tablero del 2027 no está en el porcentaje del puntero. Está en ese silencio de los indecisos. Y ese silencio, en Chihuahua, siempre termina gritando el día de la elección.
