Se abren las compuertas otra vez: el riesgo que enfrenta la industria agrícola de Chihuahua

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El agua que derrotó a Loera… y el conflicto que puede definir 2027 en Chihuahua

En Chihuahua, el agua no es un recurso: es un pleito por autoridad. Y cuando ese pleito se activa, arrastra todo: campo, ciudad, partidos, gobernabilidad y elecciones. La prueba está a la vista en la última década, pero el quiebre llegó en 2020 y el costo político se cobró en 2021.

Lo que hoy empieza a moverse de nuevo —con aperturas programadas de presas para el ciclo agrícola 2026— no es un trámite hidráulico. Es el regreso de una memoria que en este estado ya demostró que puede reordenar el tablero electoral.

En Rosales, Delicias y la región centro-sur, la Comisión Nacional del Agua ha sido citada por medios locales señalando que el 14 de marzo iniciará la apertura de presas como parte de la programación para manejo y distribución del recurso.  En esa misma línea, el Heraldo de Chihuahua reporta que la apertura de válvulas en La Boquilla está programada para ese sábado 14 de marzo —marcando arranque del ciclo primavera-verano 2026— y que días después se abriría Francisco I. Madero (Las Vírgenes) tras el llenado del canal principal Conchos.  Radiza añade un dato políticamente explosivo: el ciclo operaría con restricción de 35%.  

A simple vista es “operación normal”. En Chihuahua, eso nunca existe.

La Boquilla: el día que el agua dejó de ser técnica

La politización del agua no arrancó con una campaña. Arrancó con un enfrentamiento y un crimen. En septiembre de 2020, en el contexto del conflicto por La Boquilla, Jessica Silva fue asesinada y su esposo Jaime Torres resultó herido; reportes periodísticos apuntaron a disparos vinculados a elementos de la Guardia Nacional.  

Ese hecho tuvo un efecto político inmediato: convirtió un debate de volúmenes y tratados en un relato de agravio. Desde ahí, cualquier explicación técnica llegó tarde a la conversación emocional.

En esos días, el entonces gobernador Javier Corral gestionó ante CONAGUA —directamente con su directora general, Blanca Jiménez Cisneros— que no se abrieran compuertas de La Boquilla de manera unilateral para el cumplimiento del Tratado de 1944.  La postura no era sólo de operación: era un mensaje político. Chihuahua quería decir que la decisión no podía sentirse “impuesta”.

En paralelo, desde el otro lado del ring, el delegado federal de Programas de Bienestar en Chihuahua, Juan Carlos Loera, entró a la discusión y el propio Gobierno del Estado lo señaló públicamente por sus declaraciones en el conflicto, en pleno momento de tensión.  En ese instante se creó una asociación que después resultaría letal para Morena: el agua ya no era “CONAGUA”; era “federación”. Y Loera era, ante mucha gente, el rostro más visible de esa federación en el estado.

Cómo el agua se volvió “impuesto electoral” en 2021

Reducir una elección a una sola causa es propaganda. Pero negar que el agua pegó en la elección de 2021 es no entender Chihuahua.

En plena contienda, La Verdad Juárez documentó que la crisis del agua y la sequía eran tema recurrente en los discursos, y conectó de forma directa el asesinato de Jessica Silva con la escalada del conflicto y su impacto en el ambiente electoral.  El agua se volvió una especie de prueba de pertenencia: ¿de qué lado estás cuando el estado siente que le están quitando algo?

En el centro-sur, ese “lado” no se definía por partido, sino por identidad regional. Y ahí Morena entró con un lastre: su candidato a gobernador era Juan Carlos Loera, vinculado políticamente al proyecto federal.

El resultado final ayuda a entender el tamaño del golpe. En el cómputo final reportado por medios locales, Maru Campos obtuvo 576,176 votos y Loera 444,634, con una nota clave: casi la mitad de los votos de Loera vinieron de Ciudad Juárez, donde sí le favorecieron las preferencias.  Esto es crucial para la lectura “La Voz”: el agua fue un tema que pesó distinto por geografía. Juárez podía votar por Morena sin cargar el agravio del centro-sur con la misma intensidad cotidiana; Delicias, Camargo, San Francisco de Conchos y el distrito de riego lo vivían en carne propia.

La discusión del agua en 2021 también se usó como escenario político: hubo retos públicos y eventos simbólicos alrededor de La Boquilla como territorio-mensaje.  La política entendió rápido lo que la técnica no quería aceptar: el agua mueve emociones más fuertes que cualquier spot.

Dicho en frío: para Morena, el agua funcionó como impuesto electoral en la región donde el conflicto pegó. No explica todo. Pero sí ayuda a entender por qué Loera podía crecer en encuestas y aún así cargar un techo de desconfianza en el centro-sur.

El “fin” del conflicto que en realidad sólo lo congeló

La herida no cerró con el fin de campañas. Se administró con acuerdos.

En octubre de 2021, la Secretaría de Gobernación y el Gobierno de Chihuahua anunciaron un acuerdo para la resolución del conflicto en La Boquilla.  La narrativa pública de aquel momento fue clara: había que despresurizar un conflicto que llevaba demasiado tiempo y demasiado costo social.

Pero congelar no es resolver. El agua quedó como archivo abierto: cada sequía lo reabre.

2025–2026: el factor frontera se volvió más pesado

Si en 2020 el detonador visible fue La Boquilla, el telón de fondo siempre fue el mismo: el Tratado de Aguas de 1944y la tensión binacional por el Río Bravo/Rio Grande.

Ese tratado obliga a México a entregar a Estados Unidos un promedio mínimo anual de 350,000 acre-feet (aprox. 431.7 millones de m³) en ciclos de cinco años, para un total mínimo de 1,750,000 acre-feet por ciclo, según documentación de la International Boundary and Water Commission (IBWC).  El propio texto del tratado y documentos oficiales mexicanos recogen esas magnitudes.  

Aquí está la bomba política: a la gente le puedes explicar promedios quinquenales y contabilidad hídrica; lo que escucha es “entrega”. Y esa palabra en Chihuahua es dinamita.

En diciembre de 2025, la SRE publicó posicionamientos insistiendo en que el cumplimiento del tratado no afectaría el abasto para consumo humano y agricultura en México.  Al mismo tiempo, en febrero de 2026 el Gobierno de México informó que México y Estados Unidos acordaron un plan técnico para la gestión del agua en la cuenca del Río Bravo conforme al Tratado de 1944.  Medios nacionales como El Financiero y Forbes reportaron la cifra del compromiso mínimo anual (350,000 acre-feet / 431.7 millones de m³) en el marco de ese acuerdo.  

Traducido al lenguaje electoral local: el tema ya no es sólo “campo vs CONAGUA”. Es “Chihuahua vs presión binacional”. Y en un contexto de sequía, eso vuelve a activar la identidad regional.

Los actores reales que importan hoy (y por qué)

Si esto se cuenta como tragedia abstracta, se pierde lo esencial. El conflicto del agua en Chihuahua tiene personajes con incentivos claros.

CONAGUA sigue siendo el operador técnico que carga el costo político cuando la comunicación falla. Lo que hoy se reporta —aperturas programadas el 14 de marzo y arranque del ciclo agrícola— está siendo difundido en clave operativa, pero el problema es que el público lo interpreta en clave política.  

En el lado del músculo social, ya hay voces visibles del bloque agrícola. Para el ciclo 2026, por ejemplo, medios regionales citan a Sebastián Chávez Valles, presidente de la SRL Unidad Conchos, hablando del arranque del ciclo y la fecha de apertura.  Esto importa porque en Chihuahua los nombres de SRL/módulos no son “cita”: son estructura territorial.

En el gobierno estatal, hoy el tema se opera con dos objetivos simultáneos: gestionar escasez y sostener narrativa de defensa. La tecnificación y eficiencia hídrica se han empujado como ruta para reducir vulnerabilidad del Distrito 005, y esa línea la encarna la Secretaría de Desarrollo Rural.  (El detalle técnico es importante, pero más importante es el significado político: “estamos haciendo algo”, para evitar que el enojo se convierta en movilización.)

En la esfera federal, la SRE carga el componente diplomático del tratado, y cada comunicado que diga “no afectará” compite contra la memoria de 2020.  

Y en el plano electoral, el antecedente es inequívoco: en 2021 el agua fue asunto de campaña y conversación pública; no por volúmenes, sino por símbolos, agravios y banderas.  

La pregunta que define 2026–2027

La discusión pública se va a repetir con la misma trampa: “¿a dónde se va el agua?” “¿para quién es?” “¿por qué abrir si hay sequía?” Esa trampa es útil para la polarización.

La pregunta seria es otra:

¿Quién va a cargar con el costo político de administrar escasez sin provocar un 2020, y sin regalarle a la oposición el guion perfecto rumbo a 2027?

Porque si algo dejó claro el periodo 2020–2021 es esto: cuando el agua se vuelve símbolo, el candidato asociado a la federación entra en desventaja en las regiones donde el agravio se volvió identidad. El mapa de 2021 lo sugiere con crudeza: Loera se sostuvo fuerte en Juárez, pero el estado se decidió con otra lógica.  

Y ahora hay un ingrediente adicional: la presión binacional está más documentada, más mediatizada y más politizable que en 2020, con acuerdos y planes técnicos anunciados públicamente entre México y Estados Unidos.  

Lo que viene: la disputa por legitimidad

En Chihuahua el agua no revienta por la válvula. Revienta por el vacío.

Vacío de información clara, de cifras creíbles para el usuario final (el productor), de explicación territorial (qué módulo, qué turno, qué restricción), y de una narrativa que no parezca propaganda. Cuando ese vacío aparece, el rumor se vuelve política.

Por eso las aperturas programadas de marzo de 2026 importan tanto: no por ser excepcionales, sino porque caen sobre un terreno emocional donde ya hubo muertos, ya hubo Guardia Nacional, ya hubo toma de presa y ya hubo un costo electoral visible.  

La elección de 2027 no se va a definir sólo por el agua. Pero el agua sí puede definir el marco moral con el que Chihuahua juzga a quien quiera gobernarlo: si “defendió” o “cedió”, si “explicó” o “impuso”, si “acompañó” o “abandonó”.

Y en esa lógica, el agua no es un tema. Es un veredicto.

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