Chihuahua cuna de la Revolución y Juárez tumba de los movimientos

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Chihuahua presume ser cuna de la Revolución Mexicana, pero si algo caracteriza a su historia posterior es la ausencia de movimientos sociales duraderos. Hubo rebelión, sí. Hubo Villa, hubo ejércitos populares. Pero después de 1910, el estado —y particularmente Ciudad Juárez— no volvió a producir un movimiento social que se sostuviera en el tiempo, se institucionalizara o transformara la relación entre ciudadanía y poder.

En Juárez hay ejemplos claros. Y todos siguen el mismo patrón: estallan, sacuden, llaman la atención nacional… y se diluyen.

Uno de los casos más evidentes es el de los movimientos obreros maquiladores. Desde la llegada masiva de la industria maquiladora en los años sesenta y setenta, Juárez se convirtió en uno de los centros laborales más importantes del país. Sin embargo, nunca desarrolló un sindicalismo fuerte y autónomo.

En los años ochenta y noventa hubo paros laborales, huelgas aisladas y protestas por condiciones de trabajo, salarios y despidos. En 1988, por ejemplo, se documentaron protestas de trabajadoras maquiladoras por abusos laborales y despidos masivos. En los 2000, hubo intentos de organización independiente en plantas como Lexmark, Foxconn y Delphi.

¿Qué pasó? La combinación de contratos de protección, rotación constante de personal, miedo al despido y migración permanente impidió que esas protestas se convirtieran en movimiento. El conflicto existió; la organización no sobrevivió.

Otro caso emblemático es el de los movimientos por justicia ante los feminicidios, quizá el reclamo social más potente que ha tenido Juárez en décadas.

Desde principios de los años noventa, colectivos como Nuestras Hijas de Regreso a Casa, encabezados por madres y familiares de víctimas, lograron visibilidad internacional, presión mediática global y pronunciamientos de organismos de derechos humanos. Juárez se volvió símbolo mundial de la violencia contra las mujeres.

Pero incluso ese movimiento —legítimo, doloroso y persistente— nunca logró convertirse en un movimiento social amplio y transversal en la ciudad. Se sostuvo gracias al esfuerzo de grupos específicos, no como una organización ciudadana masiva. El acompañamiento social fue intermitente; la indignación colectiva, temporal. El problema continúa, pero el movimiento no creció en estructura ni en base social.

Durante la crisis de violencia de 2008 a 2012, cuando Juárez alcanzó niveles históricos de homicidios, la ciudad vivió múltiples expresiones de protesta. Hubo marchas por la paz, concentraciones ciudadanas, caravanas y actos simbólicos tras hechos como la masacre de Villas de Salvárcar en 2010.

El asesinato de jóvenes generó una movilización inmediata y un reclamo directo al Estado. Se anunciaron programas, intervenciones federales y discursos de emergencia.

¿El resultado? La protesta no se tradujo en organización ciudadana permanente. Cuando los homicidios bajaron, la movilización desapareció. No se construyó un movimiento de seguridad ciudadana, ni comités vecinales robustos, ni una estructura social que vigilara políticas públicas de largo plazo.

También están los movimientos por el transporte público, recurrentes y cíclicos. En 2015, 2017 y 2019 hubo protestas por el mal servicio, la falta de camiones y el aumento de tarifas. En cada episodio hubo bloqueos, reclamos, mesas de diálogo y promesas de solución.

Pero nunca se creó una organización ciudadana permanente de usuarios del transporte. Cada crisis empezó desde cero. La memoria se perdió entre una administración y otra.

Incluso los reclamos urbanos más básicos —agua, pavimentación, drenaje— han seguido una lógica fragmentada. En Juárez no se protesta como ciudad, se gestiona como colonia. La organización vecinal resuelve lo inmediato, pero no escala. No hay federaciones vecinales fuertes, ni movimientos urbanos integradores.

El patrón se repite una y otra vez:

causa legítima, indignación real, visibilidad temporal y desaparición organizativa.

¿Por qué? Porque Juárez se construyó como una ciudad de paso, de trabajo urgente y de supervivencia individual. La frontera premia la adaptación rápida, no la militancia prolongada. La maquila rota personas; la migración rompe tejidos; la precariedad castiga el activismo sostenido.

Además, el poder aprendió a desactivar movimientos antes de que maduren: mesas de diálogo, apoyos focalizados, cooptación de liderazgos, programas emergentes.

Juárez no carece de conciencia social. Carece de condiciones para sostenerla colectivamente.

Y ahí está la paradoja final: la ciudad que ayudó a detonar la Revolución Mexicana es hoy una ciudad donde la protesta existe, pero el movimiento no sobrevive.

No por falta de razones.

Sino porque la historia, la economía y la frontera enseñaron otra cosa: aquí se resiste, pero rara vez se organiza para quedarse.   

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