En Chihuahua, los “destapes” casi nunca son ceremonia. Son mensaje. Y cuando el PRI empieza a empujar el nombre de Tony Meléndez rumbo a 2027, no está haciendo política romántica: está haciendo política útil. Está diciendo que no piensa llegar como comparsa a la negociación con el PAN y que, si va a existir alianza, el PRI quiere existir de verdad. No como accesorio, no como relleno, no como socio pobre que solo aporta el logo. Quiere sentarse a la mesa con algo que valga.
Porque hoy la oposición está atrapada en un problema simple: puede sumar siglas, pero no necesariamente suma votos. Eso es lo que no se dice en público, pero todos lo saben en privado. PAN y PRI pueden firmar cualquier acuerdo, pueden salir en foto, pueden vender “unidad”, pero cuando llega el día de la elección aparece la realidad: hay voto que no se transfiere, hay bases que no operan con entusiasmo y hay electores que castigan el arreglo de cúpula. La alianza, en muchos casos, se vuelve un trámite entre dirigencias, no un acuerdo con la calle.
En ese contexto, el PRI necesita dos cosas para no diluirse: un nombre reconocible y una razón estratégica para que lo tomen en serio. Ahí entra Tony. Si el PRI se queda sin candidato propio, se vuelve un partido que solo pide posiciones. Y cuando un partido solo pide posiciones, pierde la capacidad de negociar con dignidad. Te vuelves el que estira la mano, no el que aporta fuerza. Por eso el movimiento con Tony no es nada más para “competir”: es para subir el precio.
Se ha hablado de Tony como carta del PRI rumbo a la gubernatura. La etiqueta puede sonar a nota típica, pero el fondo no es el mismo de siempre. El PRI no está moviendo a Tony solo para intentar ganar, lo está moviendo para demostrar que todavía tiene estructura, territorio y narrativa en ciertas zonas, y sobre todo para mandar un mensaje al PAN: si quieres alianza, no va a ser gratis. Y ahí está el punto fino: el valor real en Chihuahua tiene un nombre y un lugar. Ciudad Juárez.
Juárez no es un municipio: es el estado en miniatura. Quien no entienda esto no entiende la elección de 2027. Juárez pesa por número de votantes, por narrativa, por ánimo social y por capacidad de operación territorial. Si una campaña se cae en Juárez, el golpe se siente en todo el mapa estatal. Si una campaña prende en Juárez, se vuelve competitiva aunque no domine el estado completo. Y por eso muchos candidatos de Chihuahua capital han sufrido históricamente cuando se asoman a la frontera: allá la gente huele rápido lo que es discurso importado, lo que es campaña de oficina y lo que es promesa en PowerPoint.
Y aquí está el punto incómodo para el PAN: Juárez no es su terreno natural. Puede tener estructura, sí. Puede tener presencia, sí. Puede operar, sí. Pero su identidad política no conecta igual con ciertos sectores fronterizos como lo hace Morena. La frontera tiene otra lógica: más urgencia, más polarización social, más tensión cotidiana, más voto práctico. Juárez castiga la arrogancia y castiga a quien llega a “explicarles” cómo se vive. Ahí no se gana con discurso de manual. Se gana con presencia y con operación.
Por eso la pregunta real no es quién gana en la capital. La pregunta es quién puede entrar a Juárez sin ser rechazado en automático. Y aquí es donde Tony sí puede ser útil, incluso para quienes no son priistas. Tony podría funcionar por tres razones que el tablero local no debería subestimar: puede ser menos polarizante que un panista puro en ciertos segmentos, puede atraer voto anti-Morena sin obligarlo a votar PAN, y puede darle a la alianza una narrativa fronteriza sin que suene forzada. En Juárez, a veces el problema de la oposición no es la falta de candidatos, sino la falta de candidatos que suenen a Juárez.
Eso cambia la lectura del movimiento. No es destape por romanticismo, es negociación. Tony aparece como la ficha que hace creíble la postura del PRI porque no es lo mismo negociar diciendo “somos aliados”, que negociar diciendo “tenemos candidato que sí te suma donde tú no dominas”. El PRI, con Tony sobre la mesa, intenta dejar de ser un partido que solo aporta el sello para la boleta y convertirse en un partido que aporta una parte del mapa. Es una diferencia enorme.
Y aquí se conecta con lo que se está viendo estos días en la discusión pública: las alianzas en Chihuahua no se están construyendo como proyecto, sino como tensión. Se negocian con presión, con frases fuertes, con mensajes que no son de campaña sino de poder. El ruido no viene de la ciudadanía, viene de los cuartos de operación. Y si la alianza se está cocinando a golpes, entonces el candidato que se ponga sobre la mesa importa menos por su carisma y más por lo que representa en esa negociación.
Tony en ese sentido representa una apuesta clara: si el PRI quiere cobrar, necesita algo que el PAN no tenga resuelto del todo. Y eso se llama Juárez. Porque Chihuahua capital puede darle al PAN base, narrativa empresarial y administración, pero sin Juárez no hay gubernatura. Lo saben todos, aunque no lo digan. Juárez decide el tono, el margen y el cierre.
Por eso el debate real no está en si Tony es el candidato perfecto. El debate real es si la oposición entiende, por fin, que sin frontera no hay estado. Y si entienden eso, entonces el movimiento de Tony deja de ser la nota repetida del “destape” y se convierte en lo que realmente es: una señal de que el PRI quiere negociar con peso, y de que la alianza no se definirá en una rueda de prensa, sino en la capacidad de meterse a Juárez y pelear de verdad.
El PRI lo sabe, el PAN lo sabe y Morena también. Chihuahua 2027 se va a decidir en la frontera, aunque muchos sigan obsesionados con el centro. Y en esa realidad, Tony no es solo un nombre: es una ficha que puede convertir una alianza de papel en una alianza con territorio, o en el peor de los casos, exhibir que la oposición sigue sin entender el punto más simple del estado: Juárez no es un capítulo, es el libro completo.
