Cuando el frijol llega a Juárez, lo que está vendiéndose es otra cosa

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La vendimia directa de productores chihuahuenses no es “folklor”: es un síntoma de mercado roto y, a la vez, una oportunidad concreta para reconstruir confianza entre ciudad y campo.

Cuando productores del campo chihuahuense decidieron traer directamente su frijol a Ciudad Juárez para venderlo sin intermediarios, lo que ocurrió fue algo más que una simple vendimia. Durante varios días, alrededor de 30 toneladas de frijol pinto se ofrecieron a la población a un precio accesible, en puntos como escuelas, el Parque Central y el Pueblito Mexicano. A primera vista, podría parecer un ejercicio de comercialización alternativa. En realidad, es el reflejo de una cadena productiva tensionada y de una ciudad que empieza a reconectarse con su propio territorio.

La venta directa no surge como una estrategia de promoción ni como un gesto simbólico. Es una salida de emergencia frente a un mercado que no absorbió la producción local. A pesar de la existencia de un precio de garantía para el frijol, los volúmenes comprados por las instancias correspondientes resultaron insuficientes, dejando a miles de toneladas sin un canal claro de comercialización. Ante ese escenario, los productores optaron por lo más elemental: buscar al consumidor final.

En ese movimiento hay una lectura clara. Cuando los esquemas institucionales no alcanzan, reaparecen los mecanismos directos, aquellos que reducen costos, eliminan intermediarios y permiten que el productor reciba un ingreso más justo. Al mismo tiempo, el consumidor accede a un alimento básico a menor precio. No es un acto de beneficencia ni un gesto de nostalgia rural; es una corrección práctica a una distorsión del mercado.

Ciudad Juárez juega aquí un papel particular. Como ciudad fronteriza, acostumbrada a contrastes y a lecturas rápidas de la realidad, la respuesta ha sido inmediata. El frijol vendido a un precio menor al del comercio formal no se percibe como oferta ocasional, sino como evidencia de que existe otra forma de relacionarse con el campo. La ciudad no solo compra frijol; valida una cadena de valor distinta.

Hay también un componente de identidad que no puede ignorarse. El frijol no es un producto cualquiera. Es parte de la dieta cotidiana, de la memoria familiar y del imaginario del norte. Que llegue directamente de manos de quienes lo cultivan reconfigura la relación entre el campo y la ciudad, una relación que durante décadas se volvió distante, mediada por precios, marcas y anaqueles.

Este ejercicio deja una pregunta abierta. ¿Será una escena pasajera, limitada a algunos días y a la urgencia del momento, o puede convertirse en un modelo más estable? La experiencia muestra que, cuando existe un canal directo, no solo el frijol encuentra salida: otros productos locales comienzan a circular, y con ellos se abre la posibilidad de un mercado regional más justo y transparente.

Para que eso ocurra, se requiere algo más que voluntad individual. Se necesita continuidad, reglas claras y una visión que entienda que fortalecer al campo no es un gesto romántico, sino una decisión económica estratégica. Compras públicas locales, mercados campesinos con calendario fijo y transparencia en los precios no son ideas nuevas, pero siguen siendo excepciones.

Lo que hoy se ve en Juárez es una ciudad respondiendo a una realidad concreta. No desde el discurso, sino desde la compra cotidiana. En ese intercambio sencillo —frijol por frijol— se juega algo más profundo: la posibilidad de que la frontera no solo consuma lo que llega de fuera, sino que reconozca y sostenga lo que se produce en su propio estado.

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