Sheinbaum necesita alcaldes, no gobernadores

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Durante décadas la política mexicana giró alrededor de los gobernadores. Ellos eran los operadores territoriales del poder presidencial, los intermediarios entre el centro y los estados, los encargados de mantener estabilidad política y electoral.

Ese modelo está cambiando.

El nuevo poder federal encabezado por Claudia Sheinbaum parece moverse bajo una lógica distinta: menos dependencia de los gobiernos estatales y mayor control político desde las ciudades estratégicas del país.

No es casualidad. Es diseño.

El México que enfrenta el nuevo gobierno federal no se explica desde los mapas administrativos tradicionales. Se explica desde corredores económicos, fronteras internacionales, zonas metropolitanas y puntos donde se cruzan seguridad, migración, comercio y presión internacional. Y esos espacios no siempre coinciden con los palacios de gobierno estatales.

Coinciden con las alcaldías.

Las ciudades grandes concentran población, economía, movilidad social y, sobre todo, narrativa pública. Son las vitrinas donde se mide si un gobierno funciona o fracasa. Por eso el nuevo federalismo político no parece construirse únicamente a partir de gobernadores aliados, sino de alcaldes capaces de sostener estabilidad urbana en territorios complejos.

La estrategia se observa en varias regiones del país. Morena ha fortalecido figuras municipales en lugares clave mientras la relación con algunos gobiernos estatales —incluso opositores— se vuelve más pragmática que ideológica. El mensaje implícito es claro: el control político ya no depende solamente del estado, sino de los nodos urbanos que definen percepción nacional e internacional.

Ahí entra Ciudad Juárez.

Juárez dejó hace tiempo de ser solo un municipio fronterizo. Es una ciudad observada permanentemente desde Washington, desde el sector empresarial internacional y desde los indicadores de seguridad nacional. Migración, comercio binacional, narcotráfico y flujo económico pasan por la misma frontera. Para cualquier presidencia mexicana, Juárez funciona como termómetro político del país.

En ese contexto, el papel de Cruz Pérez Cuéllar adquiere otra dimensión. Más allá de la discusión local o de la sucesión estatal, su administración encaja en una lógica federal donde los alcaldes fronterizos se vuelven piezas estratégicas. Mientras el debate nacional se concentra en figuras del crimen organizado o en operativos federales, el verdadero indicador de éxito para el gobierno federal es si ciudades como Juárez permanecen gobernables.

Porque el nuevo reto político no es únicamente combatir al crimen; es demostrar control territorial sin generar crisis institucionales que impacten la relación con Estados Unidos.

Y eso no se mide en discursos presidenciales.

Se mide en ciudades funcionando.

Por eso la relación entre la federación y ciertos alcaldes adquiere más relevancia que la confrontación tradicional con gobernadores opositores. Un gobernador puede representar equilibrio político regional, pero un alcalde controla la percepción diaria del país: seguridad en las calles, movilidad, comercio y estabilidad social.

Desde esa perspectiva, el tablero rumbo a 2027 empieza a verse distinto. La discusión no gira solo alrededor de quién gobernará Chihuahua, sino sobre quién puede convertirse en interlocutor territorial útil para el proyecto federal.

No significa que los gobernadores hayan dejado de importar. Significa que ya no son el único centro de gravedad del poder.

El presidencialismo mexicano está mutando hacia un modelo urbano.

Uno donde las ciudades pesan más que los estados.

Y en ese nuevo mapa político, quienes gobiernan fronteras, corredores industriales y zonas metropolitanas comienzan a jugar un papel que antes pertenecía exclusivamente a los mandatarios estatales.

Si esa tendencia se confirma, la próxima gran disputa política no será entre presidencia y gobernadores.

Será entre proyectos nacionales y alcaldes capaces de convertir sus ciudades en piezas estratégicas del poder federal.

Porque el México que gobierna Sheinbaum parece necesitar menos intermediarios estatales… y más ciudades que funcionen.

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