La batalla por el poder: padrinos, bardas, periódicos y la sospecha de que Chihuahua se decidirá en Palacio

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En Morena Chihuahua ya casi nadie finge. La pelea dejó de ser una hipótesis y se convirtió en paisaje. Las columnas lo vienen diciendo con distintos tonos, desde la insinuación elegante hasta el periodicazo sin anestesia: el desenlace de 2027 “empieza a escribirse desde ahora”, en los movimientos finos, en las señales de los actores con poder real y, sobre todo, en una verdad que duele en cualquier aspirante local: la decisión nacional no será un trámite chihuahuense.  

Ese es el punto de partida de todos los rumores: aquí no sólo se disputa una candidatura, se disputa quién logra vender la idea de que ya es inevitable. Y en esa venta caben de todo: brigadas, periódicos disfrazados de información, bardas, comités, fotos en la capital, guiños desde el centro y el viejo deporte favorito del morenismo cuando huele sangre interna: dejar correr versiones para que el rival llegue golpeado antes de la encuesta.  

La versión más repetida en pasillos políticos es brutal por simple: Morena ya no está peleando primero contra el PAN; está peleando por ver cuál facción se queda con el partido antes de que el partido se quede con el estado. Esa lectura no nace de una sola columna. Sale de una suma de señales: la guerra adelantada de promoción personal, la narrativa de favoritismos, la competencia entre informes y la insistencia de analistas locales en que el tablero real se mueve antes del calendario electoral.  

El primer nombre de esa guerra, por volumen y territorio, es Cruz Pérez Cuéllar. En columnas de Chihuahua y Juárez ya no lo pintan sólo como alcalde; lo pintan como operador en expansión. El Diario describió brigadas de “CRUZando Chihuahua” en la capital y habló de una guerra electoral “como si la elección fuera mañana”; Ráfagas añadió otra capa al retratarlo tejiendo red en Chihuahua capital con excandidatos, con el cálculo de sumar una bolsa de votos nada despreciable fuera de Juárez. La percepción que se instala es clarísima: Cruz no quiere que lo vean como jefe político de una ciudad, sino como dueño de una ruta estatal. Y en los corrillos eso ya se traduce en rumor grande: que el alcalde de Juárez está decidido a no dejar que la gubernatura se defina entre senadores y escritorio nacional sin meter toda la maquinaria fronteriza en la mesa.  

Pero el otro nombre que nadie puede sacar del centro de la conversación es Andrea Chávez. Si Cruz representa el músculo territorial, Andrea representa la exposición. Y eso en Morena vale oro o vale condena, según quién esté narrando. El Diario la ubicó como la figura mejor colocada en algunos levantamientos y también documentó su periódico “El Norteño MX”, donde aparece como “la favorita en Chihuahua rumbo al 2027”. Al mismo tiempo, columnas y piezas de opinión la describen como una figura que despierta filias intensas y antipatías igual de intensas, y hasta El Heraldo llegó a colocar la idea de que la propia Sheinbaum veía con molestia ciertas promociones adelantadas. Eso no prueba un veto ni una ruptura real con Palacio, pero sí alimenta el rumor más venenoso de todos: que Andrea creció tan rápido que ya empezó a incomodar no sólo a sus rivales locales, sino a quienes en la cúpula temen que alguien “se adelante” demasiado.  

De Andrea también sale otro chisme político que no deja de circular: que su fortaleza es tan nacional que precisamente por eso algunos liderazgos locales la ven como una candidatura “fabricada arriba”. No hay un documento que pruebe esa tesis; lo que sí hay es una conversación insistente en columnas y sobremesas sobre si su principal activo es Chihuahua o si su principal activo está fuera de Chihuahua. Y esa clase de sospecha, en un partido territorial como Morena, es dinamita pura: el que parece llegar con bendición central también parece llegar con enemigos automáticos en la base local.  

Luego está Juan Carlos Loera, que juega un papel más peligroso de lo que parece. A diferencia de Andrea, su discurso reciente no se ha centrado sólo en venderse, sino en cuestionar el campo de juego. Esa es la lectura venenosa que se escucha: Loera ya no está compitiendo únicamente por crecer, sino por dejar sembrada desde ahora la sospecha de que puede haber favoritismos. En política eso tiene nombre y apellido: preparar una impugnación política antes de que exista el fallo. El Diario lo retrata repartiendo su propio material promocional en colonias de Juárez, mientras otras piezas de análisis lo colocan aún como actor principal del morenismo estatal. La versión de pasillo es que Loera sabe que no le alcanza con sonreír y esperar encuesta; necesita que, si pierde, medio partido crea que perdió por cargada, no por falta de estructura.  

Y ahí aparece el actor más incómodo de todos: Javier Corral. No es el que tiene brigadistas, no es el que reparte periódicos, no es el que domina Juárez. Pero sería ingenuo creer que no pesa. En Chihuahua, Corral sigue funcionando como tótem roto: para unos es una reserva moral útil, para otros es una mochila tóxica que contamina a quien se le acerque. Las columnas lo siguen registrando en agenda y interlocución política. El rumor más extendido sobre él es doble y contradictorio, justo como su figura: unos dicen que su influencia es más mediática que real y que su única utilidad es dar barniz discursivo; otros sostienen que todavía tiene capacidad de mover piezas, acercar actores y golpear reputaciones desde la narrativa. En ambos casos, la conclusión es la misma: nadie lo puede omitir porque, aunque no encabece boleta, puede volver incómoda cualquier boleta.  

El grupo juarense no termina en Cruz. Alejandro Pérez Cuéllar aparece en la lectura política como la prueba de que el perezcuellarismo quiere dejar de ser un liderazgo individual para convertirse en corriente. No es casualidad que se le vea en informes, eventos y construcción de presencia propia. En los chismes internos eso se traduce en una sospecha muy específica: que el grupo de Cruz no está pensando sólo en una candidatura, sino en varias posiciones al mismo tiempo, como quien no quiere ganar una batalla sino quedarse con las llaves del edificio.  

Más atrás, aunque no domine la conversación diaria, sigue apareciendo Armando Cabada en el radar político de la frontera. En Juárez nadie lo trata como una figura decorativa. Aunque ya no es el fenómeno electoral de otros momentos, persiste la percepción de que conserva suficiente capital político para convertirse en factor de alianza o de división si el tablero se cierra demasiado. En la política fronteriza, los ex no desaparecen: se reciclan como árbitros, como amagos o como reservas.

En la capital la cosa cambia de tono. Marco Quezada aparece en Cronos como alguien que mandó ya “primer mensaje del 2026”. Esa frase en lenguaje de columna no significa cortesía: significa que Chihuahua capital también quiere meter mano en la sucesión y que no está dispuesta a ver cómo Juárez reparte cartas sin resistencia. Los rumores alrededor de Marco lo colocan menos como favorito y más como recordatorio de que el centro del estado no entregará gratis el control político de Morena. Su utilidad, dicen algunos operadores, no es necesariamente ganar la primaria imaginaria, sino evitar que otros se proclamen dueños naturales del futuro.  En ese mismo ecosistema capitalino también se mueven otros nombres que orbitan el morenismo local, como Miguel La Torre, figura política que mantiene presencia en Chihuahua capital y que forma parte de ese grupo que no quiere que la sucesión estatal se decida únicamente entre los liderazgos de Juárez.

Miguel Riggs entra por la puerta de atrás, pero entra. Su historial reciente de sanciones por violencia política lo vuelve una figura incómoda más que una carta fuerte. En el ambiente interno, perfiles así generan un rumor distinto: no “va a ser”, sino “¿quién lo va a usar, quién lo va a cargar o quién se va a desmarcar?”. En partidos grandes, los personajes conflictivos no siempre valen por sí mismos; a veces valen por el ruido que hacen alrededor de otros. Y Riggs, por trayectoria y polémica, encaja justo en ese papel.  

Héctor “Cuco” Ochoa es de esos nombres que el lector general brinca, pero el operador serio subraya. Cuando Cronos lo registra “tocando base” con la dirigencia estatal, está diciendo más de lo que parece: la estructura también se mueve. Y en Morena, donde oficialmente manda la encuesta pero en la práctica importa muchísimo quién opera, quién cuenta y quién valida, el dirigente estatal no es espectador. El rumor sobre Cuco no es de protagonismo, sino de bisagra: que puede ayudar a ordenar o a inclinar, según cómo llegue la instrucción de arriba y según qué grupo le ofrezca mejor futuro interno y lo ayude asentarse en la silla frente a catedral.

Fernando Tiscareño representa otro tipo de valor: el de la izquierda vieja, la que no siempre manda pero sí legitima. No aparece hoy como rostro principal de la sucesión, pero su presencia recuerda algo que muchos olvidan: Morena Chihuahua no nació ayer ni sólo en Juárez. En lecturas de pasillo, perfiles como el suyo sirven para una cosa específica: darle doctrina o coartada a un bloque cuando el pleito se vuelve demasiado descarnado.  En ese mismo ecosistema aparecen también figuras como la senadora Bertha Caraveo o actores aliados del movimiento, como el PT que encabeza Lilia Aguilar en Chihuahua, piezas que aunque no encabezan hoy la conversación sucesoria siguen formando parte del equilibrio político del movimiento en el estado.

Luego vienen los de arriba, los que no salen a volantear pero sí condicionan la partida. Claudia Sheinbaum es el gran factor de ansiedad en todos los grupos. Porque alrededor de ella gira el rumor más decisivo: que la candidatura de Chihuahua, como otras complicadas, no se dejará al libre juego local si eso pone en riesgo la unidad. El País reportó la voz de Luisa María Alcalde sobre preservar lo esencial de la reforma y la disciplina partidista; Expansión subrayó que Morena llega al ciclo 2027 con problemas internos y que justo ahora discute criterios nacionales. En traducción brutal: en Chihuahua todos se mueven como si tuvieran fuerza propia, pero todos saben que el último sí o el último no no se cocina en Juárez ni en la capital.  

Luisa María Alcalde entra en la columna venenosa como la guardiana del reglamento que puede volverse garrote. Su visita a Chihuahua para evaluar comités seccionales fue leída por Ráfagas como algo más que rutina. El rumor obvio es que la dirigencia nacional ya está midiendo no sólo estructura, sino capacidad de disciplina y potencial de conflicto. Y cuando la presidenta del partido aparece en escena, nadie cree que viene sólo a tomarse la foto.  

Ariana Montiel es otra presencia que alimenta especulación. Ráfagas incluso habló de “Cruz y Ariadna, los músculos operadores” al referirse a la operación guinda. En la lectura más agresiva, eso se interpreta como señal de que Bienestar y territorio juarense pueden encontrarse en ciertas coyunturas o, por lo menos, medirse mutuamente desde la capacidad de movilización. El Heraldo llegó a describir una facción “Ariadnos” con peso entre diputados locales. Se puede discutir si el término exagera; lo que no se puede negar es que la estructura del Bienestar sigue siendo uno de los fantasmas más presentes en cualquier cálculo interno.  

Adán Augusto López flota como padrino incómodo en varias conversaciones, sobre todo por la exposición mediática de Andrea y por el eco nacional de las disputas en Morena. Aunque el Senado movió su coordinación y hoy Ignacio Mier aparece formalmente al frente de la bancada, Adán conserva capital político, y eso basta para que siga siendo mencionado en el subtexto de cualquier lectura de bloques. Lo importante aquí no es inventar una línea directa que no esté probada; lo importante es reconocer la percepción: en Chihuahua, casi nadie cree que las candidaturas mayores se cocinen sin padrinazgos nacionales en competencia.  

Ricardo Monreal y el nuevo equilibrio en las coordinaciones del Congreso también pesan como atmósfera, aunque no como operadores exclusivos de Chihuahua. En la lógica venenosa de columna, son parte del mismo ecosistema: nadie compite solo, todos quieren vender que tienen interlocución arriba y todos filtran que el rival depende de un padrino más débil o más desgastado. Ese juego de “yo tengo línea, tú tienes rumor” es ya media precampaña.  

¿Qué dicen entonces los chismes, ya puestos todos sobre la mesa? Dicen que Cruz cree que Juárez le da derecho de piso para exigir mano en la definición. Dicen que Andrea quiere que su crecimiento sea visto como irreversible antes de que sus rivales puedan frenarla. Dicen que Loera no se va a dejar sacar con una sonrisa y que ya prepara el discurso del favoritismo por si la cancha se carga. Dicen que Corral opera mejor en la sombra que en la boleta. Dicen que Marco Quezada no quiere que la capital llegue tarde al reparto. Dicen que Cuco Ochoa escucha más de lo que habla porque sabe que la estructura, llegado el momento, vale más que cien ruedas de prensa. Dicen que Ariadna y Bienestar nunca están del todo fuera de la ecuación. Dicen que Luisa María viene a medir disciplina. Y dicen, sobre todo, que Sheinbaum no dejará que Chihuahua se convierta en una guerra tribal si la plaza importa tanto como todos creen. Esos son rumores, no sentencias; pero en política local, cuando los mismos rumores sobreviven varias semanas, dejan de ser simple chisme y se vuelven clima.  

La moraleja venenosa es sencilla: en Morena Chihuahua todos hablan de unidad mientras avanzan como si el choque fuera inevitable. Los periódicos de promoción, las brigadas, los recorridos fuera de plaza, las lecturas sobre “favorita”, los mensajes contra favoritismos y las visitas de la dirigencia nacional no dibujan un partido en calma. Dibujan una guerra preventiva. Y en esa guerra, la candidatura que logre sobrevivir no será necesariamente la más querida. Será la que consiga que el resto finja, aunque sea por disciplina, que siempre fue la opción natural.  

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