El PAN en Chihuahua ya está metido de lleno en la disputa por la gubernatura de 2027, aunque públicamente siga insistiendo en la narrativa de unidad y tiempos institucionales. La pelea no es formal todavía, pero es real, constante y cada vez más evidente. No es solo una discusión de nombres. Es una disputa por el control del proceso, por el método de selección y por el margen político con el que el partido llegará a la elección más complicada del sexenio.
Durante buena parte de 2025 y lo que va de 2026, Marco Bonilla fue leído como la carta más sólida del panismo. Alcalde de la capital, con niveles altos de aprobación local y una narrativa de orden administrativo, estabilidad y gestión eficiente. En el papel, el perfil natural para encabezar una candidatura de continuidad. El problema es que Chihuahua no se decide solo desde la capital ni con buenas calificaciones municipales.
Bonilla comenzó a jugar temprano. Habló de democracia interna, de primarias abiertas y de que la candidatura no debía decidirse en una mesa. Ese discurso, que hacia afuera suena correcto, hacia adentro del PAN fue leído como presión directa a la dirigencia y como un mensaje incómodo para Palacio de Gobierno. En política, cuando un aspirante se adelanta demasiado, deja de ser opción natural y empieza a convertirse en un problema.
Ahí aparece el factor decisivo: Maru Campos como el eje real de la sucesión. La gobernadora no ha ungido candidato ni ha cerrado el proceso, y eso no es casual. Maru Campos entiende que su cierre de sexenio y su legado político dependen de algo más que una candidatura bien evaluada en la capital. Dependen de competitividad estatal real, de control interno y de evitar una fractura que deje al PAN vulnerable frente a Morena.
En ese contexto surgió un nombre que incomodó al panismo: Tony Meléndez. Diputado federal del PRI, con reconocimiento público, presencia mediática y vínculos nacionales. Su mención no apareció como rumor aislado, sino como versión insistente en columnas políticas y conversaciones de alto nivel: la posibilidad de que sectores del PRI nacional y actores del PAN vieran en Tony Meléndez una carta viable para una alianza opositora rumbo a 2027.
Para muchos panistas, esa versión fue una señal clara de advertencia. No porque Tony Meléndez sea el candidato definido, sino porque su sola presencia en la conversación dejó claro que la sucesión no está cerrada y que Maru Campos no está dispuesta a cargar con una candidatura que no le garantice margen frente a Morena. Tony Meléndez funciona más como símbolo que como definición: el recordatorio de que el PAN no controla por completo su sucesión si no logra unidad y narrativa estatal.
Pero la pelea interna no se reduce a Bonilla, Maru y Tony. Otros nombres forman parte del tablero, aunque se muevan con menos ruido. Jesús Valenciano, alcalde de Delicias, ha construido presencia regional con bajo perfil mediático, cuidando tiempos y evitando confrontaciones abiertas. Daniela Álvarez aparece como figura joven con respaldo partidista y buena relación con estructuras internas, aunque todavía sin fuerza territorial suficiente para encabezar una candidatura estatal.
También están los perfiles de operación y equilibrio. Gilberto Loya y César Jáuregui no aparecen como aspirantes frontales, pero sí como piezas relevantes en la negociación interna, en el armado de acuerdos y en la definición de reglas del juego. Su peso no está en la boleta, sino en la arquitectura del proceso.
Y aquí entra un nombre que muchos medios omiten, pero que es clave: Manque Granados. No aparece encabezando encuestas ni levantando la mano públicamente, pero dentro del PAN es vista como perfil institucional, cercana al grupo gobernante y con buena relación con estructuras administrativas y partidistas. Manque Granados no juega la lógica del aspirante visible; juega la lógica del control y del orden interno.
Su relevancia crece en dos escenarios claros. El primero, si la disputa entre Marco Bonilla y otros actores escala y comienza a fracturar al PAN. En ese caso, Manque Granados funciona como perfil bisagra: no polariza, no confronta y puede servir como carta de contención o de negociación. El segundo escenario es aún más delicado: si desde el ámbito nacional se empuja nuevamente la paridad de género para gubernaturas, Manque Granados se vuelve automáticamente una opción real, porque el PAN en Chihuahua no tiene muchas mujeres con estructura, experiencia de gobierno y aceptación interna.
Mientras Bonilla representa presión, visibilidad y adelantamiento, Manque Granados representa tiempos, lealtad y operación silenciosa. Eso la hace menos atractiva para titulares, pero muy atractiva para quienes toman decisiones.
El problema de fondo para el PAN es que no hay consenso. Bonilla es el más visible, pero también el más expuesto. Maru Campos mantiene el control, pero no ha cerrado filas. Tony Meléndez incomoda, pero existe como opción. Valenciano, Álvarez y Granados equilibran el tablero sin romperlo. Y mientras tanto, Morena avanza con sus propias tensiones, pero con disciplina pública.
El riesgo para el PAN no es solo la división. Es el desgaste anticipado. Cada declaración, cada filtración y cada versión sobre alianzas o candidaturas adelantadas erosiona la narrativa de orden que el partido necesita para competir en 2027.
La pregunta central no es quién será el candidato. La pregunta es si el PAN logrará construir una candidatura que no nazca resentida, que no cargue fracturas internas y que llegue con fuerza real a una elección donde Ciudad Juárez, las regiones y el voto indeciso serán determinantes.
Lo que hoy vive el PAN en Chihuahua no es una sucesión ordenada. Es una disputa silenciosa entre el aspirante que se asume natural, la gobernadora que no quiere soltar el control del tablero y un partido que todavía no decide si va solo o acompañado.
Negar esa pelea no la desaparece. Solo la hace más costosa cuando deje de ser silenciosa.
