Si Chihuahua 2027 fuera una elección de administración, Marco Bonilla tendría media campaña hecha. Pero Chihuahua no elige gobernador como elige alcalde. Chihuahua elige con una lógica mucho más dura: identidad regional, resentimientos históricos y una pregunta que ningún candidato puede esquivar: ¿eres un proyecto estatal o un proyecto de la capital disfrazado?
Ahí está el verdadero reto de Bonilla. No es Morena. No es Andrea. No es Cruz. Es una frontera invisible que en Chihuahua siempre define elecciones: el “Chihuahua capital” contra el “Chihuahua real” que no se siente escuchado.
Bonilla sabe perfectamente dónde está parado. Por eso, desde 2025 dejó clara su lectura: el 2027 va a ser una pelea ideológica por el rumbo del estado, dos visiones enfrentadas, y una campaña de contraste. Eso lo dijo abiertamente en octubre. La frase no es casual: es el marco con el que el PAN quiere competir cuando sabe que Morena trae la marca nacional encima.
Pero Bonilla no está construyendo solo discurso. Está construyendo señal. En septiembre de 2025, Maru Campos estuvo en su cuarto informe de gobierno, y el propio Gobierno del Estado lo presentó como un evento donde se presumieron proyectos coordinados entre municipio y estado. Ese respaldo, leído en clave 2027, es lo que realmente importa: Bonilla es el alcalde al que el gobierno estatal no solo tolera, sino que arropa públicamente.
Y luego está lo que Bonilla ha hecho que pocos aspirantes entienden: mover su narrativa de “alcalde eficiente” a “candidato inevitable del PAN” sin decirlo directo, pero dejándolo claro. El Sol de México (OEM) reportó que reafirmó su interés por aspirar a la gubernatura y que empuja un proceso interno abierto, además de hablar de unidad para enfrentar a Morena. Es decir: ya no está en etapa de rumor. Está en etapa de construcción formal.
Ahora viene la parte que vuelve esta nota distinta: el gran riesgo de Bonilla no es que Morena sea fuerte. Morena siempre lo es. El riesgo real es que Bonilla gane la candidatura… y pierda el estado por una razón vieja y brutal: Chihuahua no siempre compra un proyecto que huela a “capital”.
Porque Chihuahua no es un solo electorado. Son varios estados dentro del mismo estado: la frontera, el corredor industrial, Parral, Delicias, Cuauhtémoc, la sierra, y la capital. Y si Bonilla quiere ser gobernador, no puede ser “el alcalde que quiere crecer”. Tiene que ser el candidato que entiende el mapa emocional del estado.
Y aquí entra Ciudad Juárez como juez final. Bonilla puede dominar su ciudad, tener estructura, tener apoyo empresarial y tener narrativa institucional, pero si no se vuelve creíble en Juárez, la elección se le vuelve cuesta arriba. La frontera castiga lo que percibe como distancia. Castiga el centralismo. Castiga los arreglos de cúpula. Y castiga a cualquiera que llegue con tono de “yo les vengo a explicar”.
Bonilla lo sabe. Y por eso se está moviendo en un modo que el PAN necesita urgentemente: salir de la burbuja de la capital. Hay notas que lo presentan fortaleciendo su proyecto rumbo a 2027 y abriendo presencia en otras regiones del estado. Y aunque ese tipo de publicaciones suelen ser políticamente interesadas, reflejan lo mismo que se ve en la lectura del PAN nacional: el partido ya habla del 2027 como defensa del estado, unidad y territorio, no solo propaganda.
Ahora, el mejor argumento a favor de Bonilla —el que lo vuelve competitivo de verdad— es que no necesita inventarse un personaje nuevo. Su perfil ya está construido: alcalde reelecto, con discurso de orden, seguridad, administración y contraste con Morena. Excélsior lo coloca como carta fuerte del PAN rumbo a 2027, destacando su gestión y cercanía con ciudadanía. Eso, en un estado donde la palabra “gobernabilidad” pesa, es gasolina.
Pero la campaña de Bonilla no se va a ganar con gasolina. Se va a ganar con puente.
Su pregunta central no es “¿cómo gano Chihuahua capital?”. Eso ya lo sabe hacer. La pregunta es: ¿cómo dejo de ser candidato capitalino y me convierto en candidato estatal sin que se sienta impostado? Esa transformación no se logra con spots. Se logra con causas regionales, presencia real y una narrativa que no suene a regaño ni a administración fría. Chihuahua es duro con el candidato que suena a oficina. Chihuahua premia al que suena a estado.
Y ahí es donde Bonilla puede convertirse en el candidato correcto del PAN o en el error perfecto del PAN. Porque si el PAN se encierra en su zona cómoda, Morena va a ganar por lo que siempre gana: por marca nacional y por territorio fronterizo.
Bonilla tiene una ventaja que no es menor: estructura, respaldo estatal y claridad de rumbo. Pero el 2027 no le va a pedir eficiencia. Le va a pedir identidad. Si logra que Juárez lo vea como propio y no como visitante, entonces sí: Chihuahua 2027 deja de ser una elección cantada y se vuelve una batalla real.
Porque en Chihuahua, el candidato no gana cuando “sube”. Gana cuando cruza el estado.
