La muerte del PRI en CDJ: crónica de una hegemonía que se agotó

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Durante décadas, Ciudad Juárez fue parte del mismo guion político que regía en casi todo México: el Partido Revolucionario Institucional gobernaba, administraba, disciplinaba, perdía un poco, recuperaba después. El poder tenía color, estructura y apellido. Las elecciones eran un ritual conocido y el resultado, casi siempre, previsible.

En Juárez, como en el resto del país, el PRI no solo ganaba elecciones: organizaba la vida pública. Sus redes cruzaban sindicatos, cámaras empresariales, liderazgos coloniales, organizaciones populares y estructuras de gobierno. Fue el partido de los presidentes municipales, de los diputados locales, de los gobernadores y de los favores que sostenían el sistema.

Pero ninguna hegemonía es eterna.

Y en Juárez, la grieta comenzó antes de que el discurso nacional hablara de alternancia.

Los primeros avisos: cuando la frontera empezó a votar distinto

En la década de los ochenta y noventa, Juárez dejó señales que hoy se leen como premonición.

Aparecieron nombres que rompieron inercias: Francisco Barrio Terrazas, Francisco Villarreal Torres, Ramón Galindo Noriega. El PAN empezó a ganar espacios que antes parecían blindados. La ciudad fronteriza, de migrantes y maquilas, empezó a comportarse electoralmente como lo que era sociológicamente: impredecible.

Mientras otras ciudades del país permanecían atadas al voto corporativo, Juárez ensayó la alternancia antes de que fuera moda nacional. El desgaste del PRI no fue súbito; fue acumulado. Hartazgo por servicios, desconfianza hacia la corrupción, crecimiento urbano desbordado y una sociedad civil que comenzaba a organizarse marcaron el terreno.

El viejo aparato seguía siendo fuerte, pero ya no era incuestionable.

2000: la caída nacional que también se sintió en la frontera

La derrota del PRI en la presidencia de la República en el año 2000 no ocurrió en un vacío. Fue síntoma de algo más profundo: un país que ya no aceptaba obediencia automática. En Juárez, ese cambio se vivió con una mezcla de sorpresa y reconocimiento. La ciudad ya había probado antes lo que era votar distinto.

Pero el verdadero golpe para el priismo juarense no llegaría en ese año histórico.

Vendría después.

Lento.

Silencioso.

Desde dentro.

2016: el día que un independiente rompió el sistema

La fecha clave está escrita con claridad:

2016.

Ese año, Ciudad Juárez no solo sacó al PRI del gobierno municipal.

Hizo algo más radical: decidió sacar también a los partidos del centro de la conversación.

Un conductor de televisión, Armando Cabada Alvídrez, sin estructura tradicional de partido, sin padrinazgos de cúpula, compitió como candidato independiente y ganó la elección municipal con holgura.

El PRI, que durante décadas había sido el nombre natural del poder en Juárez, quedó relegado. La ciudad más poblada del estado y una de las más importantes de la frontera norte fue gobernada, por primera vez, por un proyecto sin partido formal.

Ese fue el verdadero acta de defunción del priismo juarense.

No fue solo una derrota electoral.

Fue un mensaje.

La gente no solo votó contra un candidato: votó contra un sistema.

La campaña de Cabada capitalizó algo que llevaba años formándose: cansancio por promesas recicladas, rechazo a la corrupción, hartazgo por inseguridad y una demanda creciente de representación directa. No ganó un individuo: ganó la idea de que el poder ya no era propiedad casi hereditaria de una sigla.

Los nombres que simbolizaron una era

Para entender la caída, hay que recordar a quienes representaron su auge.

Figuras priistas como José Reyes Estrada Aguirre, Adriana Terrazas Porras o Nora Yu Hernández marcaron etapas de control territorial, presencia institucional y operación política. Eran los cuadros de un partido que parecía imbatible en su tiempo. Su presencia en el municipio, en el Congreso y en el gobierno estatal formaba parte de una red que parecía destinada a perpetuarse.

Pero la ciudad cambió más rápido que el partido.

Juárez se volvió más grande, más desigual, más crítica, más conectada.

El viejo PRI no supo leerse en ese espejo.

La frontera nunca se casa para siempre con nadie

Si algo caracteriza al voto juarense es su independencia emocional.

Juárez ha sido priista, panista, independiente y morenista.

Y ha sido todo eso por la misma razón: aquí la legitimidad no se hereda.

La frontera castiga rápido y premia poco.

El “voto duro” nunca fue tan duro como creían los estrategas. La maquila, la migración, la informalidad, el crecimiento demográfico, la violencia y la movilidad social rompieron las viejas lógicas corporativas. El ciudadano dejó de obedecer instrucciones. Empezó a decidir.

El PRI se murió en Juárez no porque un adversario lo tumbara de golpe, sino porque dejó de entender la ciudad que decía gobernar.

Lo que vino después: el reacomodo

Tras 2016, el regreso de la política partidista llegó, pero con otros nombres y colores. Morena capitalizó la ola nacional y la reconfiguración estatal. La figura del alcalde independiente abrió un hueco por el cual después entraron nuevas fuerzas.

Pero ninguna volvió a tener el control hegemónico que tuvo el PRI durante décadas.

El mapa cambió para siempre.

¿Se acabó el PRI o se acabó una forma de hacer política?

La pregunta es justa.

¿Murió el PRI en Juárez como partido?

¿O murió el modelo que el PRI representaba?

Lo que terminó fue esto:

• la idea del voto obediente

• la noción de que el poder tenía dueño

• la certeza de que las estructuras bastaban

• el miedo a castigar en las urnas

Juárez no solo dejó de votar por el PRI.

Le cambió las reglas al poder.

Epílogo en frontera

En las ciudades del interior, los cambios políticos suelen sentirse en el discurso.

En la frontera, se sienten en la piel.

La muerte del PRI en Ciudad Juárez no fue un accidente ni una moda electoral. Fue el resultado de una ciudad que se cansó de ser administrada como archivo y empezó a mirarse como lo que es: el punto donde México se desordena, se reinventa y se vuelve laboratorio político.

Aquí, el poder dejó de ser patrimonio.

Y por eso, quizá, Juárez seguirá siendo el mismo experimento inquietante de siempre:

la ciudad donde los partidos no duran para siempre

y donde el voto no se hereda

se conquista.

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